ojos que no miran; latir que no palpita; oídos que no escuchan miradas que no se reconocen ****en la luz miradas que no se reconocen ****en la sombra **************ojos que no miran oídos que no escuchan ****latir que no palpita final que no comienza *****************(aún)*
Crónicas de la Liga: lágrimas y aplausos en la Catedral
Era enero y era invierno. El Betis llegaba a San Mamés, la Catedral del fútbol español, con Clemente en el banquillo; Ureña y Ayala como pareja de centrales; Merino y Otero en los laterales, aunque con el primero pendiente de Julen Guerrero, que todavía jugaba como Peter Pan en Nuncajamás; Fernando, Ito, Filipescu y Benjamín Zarandona tejiendo una maraña en el eje central; y las botas blancas de Alfonso más Oli en el ataque. Ese día de invierno, el jugador más caro del mundo, Denilson de Oliveira, se quedó en el banquillo. Igual que Toni Prats, portero titular indiscutible. Sin discusión, el mallorquín se sentó en el banco, con su rictus serio de kurós. Era el día y la oportunidad de Valerio, eterno suplente, calvo y gordito, y, quizás, de amarillo. Era el día de Valerio, pero era invierno. La Catedral es sabia y sabía que Valerio había jugado poco o nada y, probablemente, iba a seguir jugando poco, nada o menos. Aquel día de invierno sacó varios balones imposibles bajo los palos, en alguno de ellos, jugándose el tipo contra los palos. Reflejos imposibles de quien sale a porta gayola a por la gloria o la nada. Valerio jugó 26 minutos. En una de las paradas, aquel portero calvo y gordito y, quizás, de amarillo se rompió. Y rompió a llorar. Aquella lesión fue en el alma. En ocasiones, la vida deviene tren inalcanzable y, aunque tengamos el billete, las maletas preparadas, y el reloj en hora, el ferrocarril pasa de largo y te deja llorando. El futuro es un tren sin retorno. Mientras Valerio lloraba de rabia e impotencia acumulada, de puro fracaso, de pura derrota, San Mamés, con sus 40.000 almas centenarias de fútbol y vida, con sus colores, sus ideologías, sus boinas, sus bufandas, sus ikurriñas, y su frío de invierno del norte que cala los huesos, se puso en pie y empezó a aplaudir como si fuera un único cuerpo. Los vellos se pusieron de punta al más recio de los vascos y de los andaluces; y no era el frío. Más de 40.000 almas sosteniendo la derrota del rival en la batalla. En pie. Aplaudiendo. Con la única música presente del silencio. Valerio salió llorando, como el niño que pierde un sueño. Para recordar el resultado final (0-0) o algo más, hay que acudir a las hemerotecas. Las pequeñas cosas grandes permanecen y no se olvidan. Por eso, San Mamés es la Catedral. Porque en la derrota de un derrotado, porque cuando la vida o ese cúmulo de alternativas casuísticas al que llaman destino te escupe a la cara, las gentes nobles del pueblo vasco aplauden y se ponen en pie, con la conciencia íntima de que "la victoria de los derrotados es la más bella" y que en esta ocasión, en aquella ocasión de frío invierno, una vez más, no pudo ser.
Espinete en paro, Caponata jubilada y el Conde Draco con caries y en horas bajas en Barrio Sésamo. Sólo los curris –esos muñecotes que no paraban de trabajar en la construcción en la “barriada vecina” de los Fraggel- hacen su agosto de la mano de tanta especulación inmobiliaria. El monstruo de las galletas, con su pelaje azul y sus desordenados ojos, ha tenido que hacer de tripas corazón -nunca mejor dicho- y pasarse a las zanahorias, la remolacha y la lechuga para poder seguir trabajando. “Tenemos miles como tú esperando una oportunidad”, le dijeron. El Monstruo de las Galletas –con su carrera y sus oposiciones terminadas- trabaja ahora como Monstruo de las Verduras, en virtud del poder de lo políticamente correcto y de la puta hipoteca a 40 años y un día, como las condenas pero sin revisiones por huelga de hambre.”El pago anual de la hipoteca sube 700 euros en tres meses·, dice la prensa. A comer verduras, así te salga urticaria. La juventud de la clase media española del siglo XXI –la más preparada y desencantada de la historia- lejos de costearse viajes a la luna o al centro de la tierra, como en las novelas de Julio Verne, se aferra, por un lado, al “ora et labora” monástico y, por otro, al una hora y otra hora y me deben varios días extras de las empresas modernas, las que aplican los métodos abusivos de toda la vida. Por poner un ejemplo, el salario del 40% de los sevillanos no sobrepasa los 1.000 euros al mes. Esta situación se intensifica entre las mujeres (55,6 por ciento), las personas con estudios primarios o inferiores (46 por ciento), los extranjeros (63,6 por ciento) y, principalmente, los menores de 25 años (74 por ciento). El mercado laboral obliga a trabajar de bandolero, de mercenario, de filibustero… Los hijos del santo matrimonio Arnolfini, prostituidos. Toda la vida preparándote para comer con tenedor y, a la hora de la verdad, lo importante es saber comer con las manos y guardar el cubierto como arma de defensa. Competente, no gracias. Competitivo. Compañero, no gracias. Productivo. Estos son los parámetros de los tiempos modernos, en sepia ya de tanto repetidos. Esta semana, guardaba cola en uno de esos templos del consumo a los que acudimos en busca de felicidad rebajada, pan, patatas y espuma para el pelo. En el carro de delante: baguettes, tinte y jamón cocido. La mujer calzaba unos zapatos plateados, como de bailarina, con un pequeño lazo. Comparé nuestros carros y pensé: ¿Qué tendremos en común? A un lado del carro, había un par de botas de montaña. “Para pisar fuerte”, bromeó ella. Eso tenemos en común, me dije. Eso, y los apenas mil euros que ganamos. Yo compré galletas.
Faltan siete meses para el Mundial. Entonces, el mundo todo cierra por fútbol, el mundo todo grita gol. En la Amazonía, en el desierto del Sáhara, en el país de sol naciente, en las playas vírgenes de Bolonia junto a las ruinas de Baello Claudia, en las Islas Feroe, en Cuba, en Alemania, en Sudáfrica, en todos los rincones del planeta. El fútbol, que viene a ser a la vida moderna lo que el espíritu santo al cristianismo, se apodera más que nunca de los tiempos y los espacios y todo lo llena y lo acapara. Generalmente, es lo que más nos importa, al común de los mortales. Ese mes, el fútbol es lo único que importa. Redunda Fernando León de Aranoa en “Los lunes al sol” en una idea clave y que, de golpe, cambia toda perspectiva humana. La cuestión no es si el hombre cree o deja de creer en dios. La cuestión es si realmente dios cree en el hombre, porque “si dios no cree en el hombre, entonces estamos jodidos”. El fútbol se parece a dios en la fe que le profesan millones de creyentes y en la poca confianza que le tienen intelectuales tanto de izquierda como de derecha. Unos hablan de opio del pueblo y de “pan y circo”; otros de superstición e idolatría. También de mercantilismo y simple negocio. Hay, incluso, quien compara este juego con guerras y batallas. Otros con la belleza y el arte. Para unos, los futbolistas son héroes mitológicos; para otros, simples mercenarios. De una u otra forma, al final, la mayoría de ellos acaba como juguetes rotos sin saber qué hacer ni dónde ir una vez acaba el juego. El fútbol, como las religiones, tiene sus propios ritos. Los partidos se convierten en comuniones humanas. Las personas –siempre solas- se unen por una causa común y hasta los desconocidos se abrazan y se odian o quieren durante 90 minutos, que odiar y amar son el mismo sentimiento a través del espejo. A veces, se da prórroga a la pasión. Y los futbolistas, al saltar al terreno de juego, se santiguan, se abrazan, se encomiendan a la suerte o al destino, que, como en la vida, el fútbol tiene mucho de azar. De todo hay, pero quien ha jugado entiende que aún hay más, que el fútbol es una incesante metáfora de la vida y que se sabe cómo es una persona por cómo siente, por cómo besa, por cómo folla, por cómo mira y por cómo juega. Quienes creen en el balón y que la tierra es redonda porque se parece a una pelota, ellos- nosotros- saben –sabemos- que todo, a fin de cuentas, se reduce a la verdad última del juego. Y esa verdad es que, en el fútbol, el éxtasis unido al orgasmo se llama y se grita gol.
quimera hacia la que ****************camino y doy un paso pero tú, quimera, das un paso más. quimera que eres ***************mi guía mi luz en la noche y también mi agonía. quimera hacia la que ****************camino Y que me huye que a cada paso que doy se me va ********porque tú, quimera, aunque yo dé un paso siempre tú das un paso más.
***Aunque tú no lo sepas **********sigo echándote de menos. ***Yo también me he inventado tu nombre... y el mío ... y el del mundo. Porque no sé morirme, *********************como tampoco sé llorar. *****Aunque tú no lo sepas. Aunque ni me recuerdes, *****ni veas, ni escuches, ni sueñes, ni sientas... *************Aunque sepa que el sentido del mundo es el sinsentido, aunque tantas cosas. Todos los momentos murieron conmigo. Aunque tú no lo sepas. Aunque yo muera. *****************Sólo soy entropía y caos. *************************Fracaso y sinsentido ***************y una lágrima que **************-aunque nadie lo sepa- **********************************no lloro.
Aunque tú no lo sepas me he inventado tu nombre me drogué con promesas y he dormido en los coches. Aunque tú no lo entiendas nunca escribo el remite en el sobre por no dejar mis huellas. Aunque tú no lo sepas me he acostado a tu espalda y mi cama se queja fría cuando te marchas. He blindado mi puerta y al llegar la mañana no me di ni cuenta de que ya nunca estabas. Aunque tú no lo sepas nos decíamos tanto con las manos tan llenas cada día más flacos. Inventamos mareas, tripulábamos barcos, encendía con besos el mar de tus labios. Y toda tu escalera.
Aunque tú no lo sepas: Como la luz de un sueño, que no raya en el mundo pero existe, así he vivido yo, iluminando esa parte de ti que no conoces, la vida que has llevado junto a mis pensamientos. Y aunque no lo sepas, yo te he visto cruzar la puerta sin decir que no, pedirme un cenicero, curiosear libros, responder al deseo de mis labios con tus labios de whisky, seguir mis pasos hasta el dormitorio. También hemos hablado en la cama, sin prisa, muchas tardes, esta cama de amor que no conoces, la misma que se queda fría cuando te marchas. Aunque tú no lo sepas, te inventaba conmigo, hicimos mil proyectos, paseamos por todas las ciudades que te gustan, recordamos canciones, elegimos renuncias, aprendiendo los dos a convivir entre la realidad y el pensamiento. Espiada a la sombra de tu horario o en la noche de un bar por sorpresa. Así he vivido yo, como la luz del sueño que no recuerdas cuando te despiertas.
A esa hora en que te morías, yo me iba a dormir, a soñar. Como tú hacías, Carlos Cano, como tú hacías. Y es que me enseñaste tantas cosas... me enseñaste a ser andaluz, un andaluz de donde pisa; me reflejé en ti porque parecías, y pareces, un ángel de oriente, Carlos, un ángel que cantaba, que me enseñó a cantar copla, a ser andaluz, a llamar pan al pan... Tú te vas y nos dejas una voz y un recuerdo. Aquí se queda la portuguesa María, se quedan las sevillanas de chamberí, se quedan los negritos de Cádiz y La Habana, bamboleándose queda la goleta. Nos quedan tantas cosas tuyas… Y sin embargo ya no estás, Carlos. Ya te has ido. Ya eres sueño; a la maldita hora en que yo moría, tú te ibas. Te has muerto, Carlos Cano, y todos los que nos sentíamos como tú hemos muerto contigo. Y quién va a cantar a los currelantes ahora, Carlos? ¿Quién? Quién va a llorarle a la bandera, verde y blanca, de Andalucía. Quién va a gritar Andalucía?! Contigo también se va un poco Lorca, porque tú eres nuestro Lorca. Y como él, como tú decías, sigues vivo! Como él, que cada día escribe mejor, Carlos, tú, cada día, cada día vas a cantar mejor!
Ay, Carlos, te oigo y una lágrima. Ay, Carlos, cantando tú y la guitarra verde y blanca, dices verde, verde… **********y blanca. Ay, Carlos dónde te buscamos, dónde Carlos?
Iba a romper a llorar, ***********Carlos, ya caía una lágrima y de pronto sonreí. Porque te recordé *********siempre luchando *********siempre cantando *********siempre feliz -siempre queriendo vivir-. Por eso no puedo llorar y tengo que sonreír Carlos, porque si entre lágrimas puede nacer mi sonrisa, de la nada, también, puede renacer la vida.
La mentira puede llevar al hombre muy lejos pero sin esperanzas de volver, que olvidar es como mentir al alma. Está manida la frase aquella de que “los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”. Está gastada, pero es cierta. Este país ha pasado del miedo a la vida al olvido de todo, a un casi nada importa, amnesia inducida. Y es cierto que la vida, a fin de cuentas, es lo único que importa. Pero la vida debe ser consciente. Lo contrario es una vida de mentira. Lo contrario es una mentira. El asesinato de Salvador Puig Antich el 2 de marzo de 1974 en la cárcel Modelo de Barcelona revela el vero rostro del franquismo más allá de los seiscientos y retrata a un general que esa misma tarde –mientras el país y la comunidad internacional solicitaban un indulto- durmió la siesta como cada día. Manuel Huerga lo cuenta en el filme “Salvador”. “Este país se ha olvidado muy pronto del franquismo y eso me da mucho miedo”, comenta; aunque, realmente, este país nunca ha llegado a recordar el franquismo, como si no hubiera existido. “Pocas veces en la vida tienes la sensación de contar una historia que debe ser contada”, decía, lúcida, sobrada de luz, Leonor Watling. Y pasa porque la verdad grita íntimamente en silencio y necesita ser contada. Por eso, la verdad nos hace libres y deja los pies fríos. La Nueva Enciclopedia Escolar de Santiago Rodríguez para Iniciación Profesional, similar a la Enciclopedia Álvarez, con la que los niños hacían como que estudiaban en tiempos de la dictadura, define a Franco como un “militar glorioso”, un “estratega genial”, el “Caudillo que había de llevarnos felizmente a la total recuperación del territorio y del auténtico sentido de España”. Entre sus méritos, cuenta que creó “un Gobierno, ganó voluntades, fomentó entusiasmo, planteó batallas, dictó normas y creó vitales organismos”. Nada habla la Enciclopedia de muertes por garrote vil ni desaparecidos. Nada, por supuesto, de Salvador Puig Antich. Entre otras cosas porque Franco aún no lo había asesinado. Pero antes hubo otros “salvadores”, otros españoles que no se resignaron a vivir de rodillas, que se enajenaron del miedo, antes incluso del mismo Puig Antich. A casi todos los mataron. Y eso no sólo no se debe olvidar sino que conviene recordarlo sin revanchismo, porque perder, perdimos todos. De lo contrario, todos tendremos sangre en la manos y alzheimer en el alma.
bajo la estirpe de la luna ************que mengua y crece ************que nace y muere ahora nueva, ****************ahora llena bajo el signo de la constelación de Andrómeda. ************(pasajeros mortales de un momento eterno) siento la fugacidad del tiempo que me mata y me da la vida (y me muere y me nace) y resucita siento los rayos ponerse y soy eclipse.
He contemplado más odios para toda la vida que amores eternos. He observado más eternidad en la rabia que en el cariño. He visto más pasión en la venganza que en la culminación del amor. Más veces llorar de pena que de alegría.
Me cuenta Marta Iglesias Márquez –experta en los entresijos de la psique humana y bendecida con una belleza que enloquece- que, en la mayoría de las ocasiones, estas actitudes responden a un único estímulo interior: el miedo. Miedo a querer. Miedo a entregarse. Miedo al desgarro. Miedo al abandono. Miedo, al fin, a la pasión, a la vida. Y me dice mi amigo Quintero –experto en el difícil arte de sonreír a la vida- que eso “es de tiesos”. Pero, claro, en las conversaciones con mi amigo suelen mediar varias copas de vino.
La mayoría de los que leemos estos renglones originalmente torcidos tenemos “casi de todo”: coche, vivienda, trabajo, familia… Al punto de avergonzarnos de no sentirnos plenamente felices. Y, sin embargo, tenemos una sensación de vacío, de ausencia de felicidad, de desgarro en el alma. Tenemos pero no somos, como eternos insatisfechos. Nos sentimos personas incompletas que andan faltitas de luz, ciegas de todo, discapacitadas de alma. En estas circunstancias, hay quien opta por arrancarse el corazón y “tirar pa’lante hasta que el corazón aguante”. Hay también quien cae en las aguas de la tristeza, como en “La Historia Interminable”. (Los últimos estudios dicen que la depresión afecta también a los bebés). Hay quien se ve obligado a tirar el corazón al mar para dejar de sufrir, que es dejar de sentir y, esto es, en el fondo, dejar de vivir. Y, entonces, se sobrevive.
Con todo, ahí seguimos: tristes, si estamos solos, faltos de abrazos, pequeños, desordenados… eternamente contradictorios. Y es que ansiamos eso que no tenemos y, al tiempo, dejamos a un lado cuanto se nos es dado. Somos, en cierto modo, condenados. Porque el que ansía algo más que el paraíso, vive en tormento, vive en el infierno. Entonces la vida recuerda a ese cuadro de Luca Signorelli (“El Juicio Final o Los condenados”) en el que se vislumbra a un bufón, entre las sombras, riéndose del llanto de aquellos que van a morir.
“Enorme y triste parodia. Ni comedia ni bárbara”, apostilló Julio Cortázar -que nació el año de la I Guerra Mundial- al final del Águila de Blasón de ese genio bohemio con mirada de ratón espiguero que murió el año del inicio de la Guerra Civil y respondía al nombre de Ramón María del Valle-Inclán, residente arrendatario en la calle Melancolía, justo detrás del Callejón del Gato.
La ciencia ha descubierto que los ratones, algunos de ellos, han dejado de oler el peligro. Superratones sin dolor, sin conciencia en todo caso, “supermineralizados” y “supervitaminados”. “Basta desconectar unos receptores de la nariz para que el animal (…) se convierta en un valiente temerario”, dice la revista Nature. O en un cobarde, porque quien no siente miedo que superar no puede llamarse valiente ni puede aprender que nos caemos una vez y otra, y otra también, y una más, para aprender a levantarnos. “Natural”, dice el abuelo en estos casos.
No hace mucho tiempo, científicos de Cambridge descubrieron una mutación genética que evita sentir dolor a sus portadores. El descubrimiento podría ayudar, por lo visto, al desarrollo de analgésicos para el organismo y, en nada, en poco tiempo, iremos a la farmacia de guardia a que nos den un botecito de 250 mililitros de "Insensitive Siglo XXI" “pa’ tirar pa’lante hasta que el corazón aguante”. O mejor, vía anal, que, total, no duele.
Existen hombres en el mal llamado primer mundo que hace ya años que viven de espaldas a un sentido vital, a lo largo de los siglos, como el olfato. La insensibilidad general se ha impuesto, y ni lo terrible apesta ni lo hermoso emociona. Ni frío ni calor, cero grados, que decían en mi pueblo. En el pueblo de mi abuelo. Sucede que con cero grados hace frío y algo pasa cuando el mundo no tirita, cuando el ratón no huele el peligro y cuando el hombre no siente dolor. Algo pasa cuando ante estas cosas no huele a podrido.
Hay quien alberga semillas en el alma y hay quien guarda dinamita. En Finlandia, que debe caer más o menos como en el fin del mundo y en donde debe hacer una ‘jartá’ de frío, un joven de 18 años que había sufrido acoso escolar ha matado a ocho personas en un instituto –pum, pum, pum, pum, pum, pum, pum, pum, pum-, previo aviso por internet, ese mundo en el que se navega agarrado a la cola de un ratón (electrónico). Era buen estudiante, admiraba a Hitler y leía a Nietzsche. Probablemente, como sostiene Woody Allen, el muchacho se pondría a escuchar a Wagner y le entró un deseo irrefrenable de conquistar Polonia. Empezó por el instituto, armado como iba sin olfato para tener miedo ni sensibilidad para sentir dolor, y acabó con su vida.
En Sevilla, que según la poco viajada sensibilidad de algunos es el culo del mundo, una veintena de niños bien, hijos de abogados, toreros, artistas, se ensañaron con un chaval de 18 años que medió en una discusión. Lo dejaron tirado cerca de la Plaza de España, desangrándose. Era nadador, pero no volverá a nadar. Era una persona, pero la desconfianza y el miedo nunca se irán de su mirada. Se desconoce si los agresores conocían a Federico Nietzsche o a Richard Wagner o si escuchando a Siempre Así, el grupo por antonomasia de los sevillanitos, les entraban irreprimibles ganas de quemar Los Remedios.
El culo de laVenus del Espejo bien podría ser el culo del universo, analizando la mirada de los empleados del Museo del Prado, absortos mientras colocaban la obra procedente de la National Gallery de Londres. Y La Venus del Espejo de Diego Velázquez bien podría ser la vida misma pintada a retazos. Seductora y sensual. Enigmática e inquisidora. Traicionera. Sarcástica. Señora. Puta. Que sólo nos regala un reflejo y nos pierde entre sus curvas, haciéndonos sentir como pequeños ratones temerariamente sin miedo frente a un gato que, eternamente, nos acecha a través del espejo.
Cortázar, que tenía orejas de ratón y los ojos del gato de la Alicia de Lewis Carroll escapados del País de las Maravillas a través del agujero de conejo del espejo, lo apostilló al final del libro de Valle-Inclán. “Enorme y triste parodia. Ni comedia ni bárbara”. La vida.
esta bofetada sin manos que es la vida; este escalofrío en el desierto; esta Babel llena de mudos; este tirar pa’lante sin sentido; este caer al suelo sin remedio; esta soledad de uno mismo; esta búsqueda de abrigo en cada cuerpo (y tengo frío); este veneno que no mata; esta injusticia que asesina; esta brújula sin norte; este reloj de arena sin manecilla; este silencio tan estruendoso; este grito que no se escucha; esta rima que no rima (prosa en carne viva); esta comisura que suspira estos pulmones (bajo el agua) que no respiran; estos ojos vacíos que te miran. *
Quiero conocerte, le dijo él a ella. Quiero conocerte y saber todo de ti y demostrarme que no eres un ángel para no enamorarme de ti, le dijo él a ella. Por qué, preguntó ella. Porque tengo miedo, contestó él. ¿Miedo?, interrogó ella. Miedo a quererte, a que no me quieras, a después olvidarte, a que me olvides… miedo a sufrir, respondieron sus ojos. Entonces él la conoció y comprendió, poco a poco, que ella no era perfecta, que era humana, limitada. Entonces, él se enamoró de su perfecta imperfección. Y fue feliz. **********Y sufrió.